Con motivo del 25 aniversario de ACT, María del Rosario Chicunque, “Charito”— la líder maravillosa de ASOMI—y yo—Liliana Madrigal— queremos contarles sobre el doloroso, y en definitiva extraordinario, camino que condujo a la creación de ASOMI, la Asociación de Mujeres Indígenas, y su reserva de la sociedad civil en Mocoa (Putumayo).

Autora: Liliana Madrigal y María del Rosario Chincunque

Charito ha visto cómo el legado de las mamitas sabedoras ha perdurado en el tiempo gracias al trabajo de ASOMI.
Foto: Camila Malaver – Amazon Conservation Team.

“Tejer sueños, volver sobre los pasos de los ancestros, muchos de los cuales ya no están entre nosotros, es lo que mantiene fuerte nuestra fe. Es todo el alimento que necesitamos para perseguir la visión de los mayores y el bienestar de las generaciones futuras” María del Rosario Chicunque, “Charito”.  

Lo maravilloso de mirar hacia atrás es ver los puntos de inflexión cuando nuestras vidas cambiaron. En esos momentos no sabíamos qué nos depararía el futuro, pero intuíamos profundamente que algo importante estaba sucediendo. A través de la lente del tiempo logramos enfocar cuán cruciales serían esos momentos.  

Con motivo del 25 aniversario de ACT, María del Rosario Chicunque, “Charito”— la líder maravillosa de ASOMI—y yo queremos contarles sobre el doloroso, y en definitiva extraordinario, camino que condujo a la creación de ASOMI, la Asociación de Mujeres Indígenas, y su reserva de la sociedad civil en Colombia.   


Ese camino hacia el Jardín comenzó en 2002, cuando Taita Pacho, un poderoso sanador del pueblo siona del noroeste del Amazonas, insistió en visitarme en Arlington (Estados Unidos).


La sede de ASOMI, llamada La Chagra de la Vida o el Jardín de la Vida, nos nutre con las bendiciones de la comida, la belleza y la alegría, pero a cambio necesita atención proactiva y deshierbe; tareas interminables que pueden causarnos raspaduras, ampollas y cicatrices. Ese camino hacia el Jardín comenzó en 2002, cuando Taita Pacho, un poderoso sanador del pueblo siona del noroeste del Amazonas, insistió en visitarme en Arlington (Estados Unidos). 

El legado de las mamitas sabedoras de ASOMI parte de su búsqueda de ser reconocidas en su saber de la medicina y las plantas. Foto: Camila Malaver – Amazon Conservation Team.

Pacho es miembro del Consejo de Ancianos, la fuerza rectora que había llevado a la formación de UMIYAC, la Unión de Médicos Indígenas Yageceros de la Amazonia Colombiana. ACT ayudó a establecer esta organización pionera en 1999 y, a su vez, UMIYAC ayudó a guiar el trabajo de ACT.  

Recuerdo que le insistí al Taita Pacho que no viniera, que era un viaje largo y difícil desde su casa en el Putumayo, y es que tenía ochenta años. Pero su fortaleza pudo más que mi miedo. Llegó a mi casa un hombre bajo, calvo y con un gran sentido del humor.

Después de un par de días de largas conversaciones y rituales que duraron toda la noche, declaró que había “venido a cultivar semillas”. Esto sonaba tan… abstracto. Mirando hacia atrás, este fue uno de esos puntos de inflexión para ACT.   

El Taita explicaba que, aunque la UMIYAC era importante, teníamos que acompañar a las mujeres en la creación de una asociación. Tenía que haber un equilibrio, una armonía. Debíamos acompañar a las comunidades para cuidar las prácticas curativas de las mujeres, que se ocupan del parto y la muerte.   

El Taita Fernando Mendua fue clave al reconocer que las mujeres debían tener un espacio para resguardar su saber. Ese sueño dio origen a ASOMI.
Foto: Camila Malaver – Amazon Conservation Team.

También había identificado, en todos estos trabajos espirituales, que las mujeres tenían la disciplina necesaria para que esta sabiduría se mantuviera en el tiempo y fuera transmitida a las generaciones futuras. Preservada, en búsqueda de fortalecer y reconstruir sus comunidades.   

En la historia de la Amazonía, como en otras tierras que han sido colonizadas, las mujeres han sufrido las peores consecuencias de la avaricia y la explotación. En esa relación con los Otros, las mujeres fueron relegadas a un segundo plano con el fin de protegerlas. Pero sin darse cuenta, este blindaje les robó el lugar en las comunidades y les quitó parte de su voz, su estatus y su conocimiento. Taita Pacho vio esto.  


Después de un par de días de largas conversaciones y rituales que duraron toda la noche, declaró que había “venido a cultivar semillas”. Esto sonaba tan… abstracto. Mirando hacia atrás, este fue uno de esos puntos de inflexión para ACT.


Le dije a Pacho que ACT no tenía los recursos para asumir tal responsabilidad, rápidamente respondió: “Los recursos vendrán y sucederá, pero debes confiar”. Metió la mano en su bolsillo y sacó una manilla, un brazalete. Lo bendijo, con lágrimas en los ojos, y me instruyó que lo usara día y noche.  

Unos meses después estábamos trabajando en nuestra humilde oficina de ACT, ubicada en un callejón, cuando llamaron a la puerta. Una mujer de una pequeña fundación había venido a hablarnos sobre conservación, lo sagrado y las mujeres indígenas. Nos dieron el dinero que necesitábamos para empezar a trabajar.  

La Reserva Natural de la Sociedad Civil Mamakunapa, de ASOMI, protege la interconexión entre el Piedemonte Andino y la Planicie Amazónica.
Foto: Pablo Velásquez – Amazon Conservation Team.

El proceso para establecer la asociación de mujeres no fue fácil. Debía comenzar con un Encuentro de Mujeres, un evento entre pueblos similar al Encuentro de Chamanes que precedió a la formación de UMIYAC. Las abuelas que se hicieron cargo de esta organización, conocidas como las “Mamas”, fueron Mama Conchita, Lola, Natividad y Delia. Ellas, aunque eran reconocidas en sus comunidades, y contaban con autoridad y conocimiento, necesitaban la bendición de sus esposos y los Taitas.  

Pero como el conocimiento de las mujeres había estado protegido, y se podría decir oculto, hubo muchos obstáculos por sortear. En silencio, con paciencia y determinación las mujeres soportaron años de pruebas y ceremonias para poder ser reconocidas.   

En 2004 estábamos listos para el evento de lanzamiento, el primer encuentro, que se realizaría en las afueras de Mocoa. Construimos un espacio sencillo y cómodo para albergar la reunión. Sesenta y cinco mamitas de cinco pueblos diferentes—siona, kofán, inga, kamëntsá y koreguaje—viajaron con sus aprendices para asistir a cuatro días de celebraciones; compartieron artes, comidas tradicionales, artesanías, narraciones, bailes y ceremonias sagradas. 

Los momentos más profundos del encuentro surgieron de las enseñanzas de los ancestros, de las súplicas por la paz y la urgente necesidad de salvaguardar sus conocimientos. En silencio, con paciencia, las mujeres exigieron el respeto a sus formas de saber y la protección de sus bosques, el territorio que consideran como el maestro todopoderoso y proveedor de todas sus necesidades.  

La sede de ASOMI se convirtió en un espacio de encuentro para mamitas sabedoras de toda la Amazonía.
Foto: Pablo Velásquez – Amazon Conservation Team.

Las mujeres querían su propio espacio en el que plantar las semillas de su futuro. Al principio hubo escepticismo entre algunas de las mujeres más conservadoras, que habían soportado generaciones de promesas vacías hechas a sus comunidades, pero gradualmente, y con cautela, ellas también se unieron al coro de ideas sobre cómo podrían mejorar la vida de todos.  

Fue ambicioso. Las mujeres querían conservar las plantas tradicionales que estaban en peligro de extinción, fortalecer los bosques que las cobijaban, contribuir a la restauración de los ecosistemas y la vida silvestre, transmitir sus propios conocimientos y sabiduría y, sobre todo, renovar sus territorios.  


Los momentos más profundos del encuentro surgieron de las enseñanzas de los ancestros, de las súplicas por la paz y la urgente necesidad de salvaguardar sus conocimientos.


Así se formó ASOMI. Compramos una pequeña parcela de selva tropical para que fuera propiedad colectiva de todas las mujeres. Esta fue su Chagra de la Vida, su Jardín de la Vida, que se convirtió en su cuartel general.  

En el camino, seres humanos extraordinarios creyeron en la visión de ASOMI y se involucraron para apoyarla en los momentos perfectos. Casi todos fueron mujeres. Una de ellas fue nuestra amada Mo Maxfield, en ese momento miembro de la junta y una firme creyente en el poder de la sabiduría indígena.   

Encuentro de mujeres en ASOMI. Foto: Camila Malaver – Amazon Conservation Team.

También están Laurie, Sylvie Chantecaille, Debra, Margaret, Elizabeth y otras que, en su anonimato, han brindado incondicionalmente los recursos para alcanzar los sueños de las mujeres. Gracias a su generosidad, pudimos comprar más tierras, pieza por pieza, para sumar al Jardín de ASOMI.  

En los diecinueve años transcurridos desde los dolores de parto de ASOMI, las mamitas, en asociación con ACT, han establecido un centro cultural donde las mujeres pueden reunirse para intercambiar semillas: del espíritu y de la tierra. De plantas y del pensamiento.  

Hoy, aprenden unas de las otras y reciben capacitaciones en diferentes disciplinas que van desde conocimientos básicos de computación hasta el uso de plantas medicinales. Su territorio resguarda las semillas que han sido cultivadas por las mamas, asegurando que las próximas generaciones tengan acceso a plantas sagradas y curativas. Su bosque restaurado ahora proporciona agua a las comunidades vecinas.  

Ese amor por la tierra llevó a la creación de Mamakunapa en diciembre de 2020. Cientos de hectáreas del Jardín de ASOMI ahora están formalmente protegidos por la ley colombiana como una “Reserva Natural de la Sociedad Civil”, que reconoce y honra la cosmovisión de las mujeres indígenas. Taita Pacho, Mamá Conchita y muchas otras no vivieron para ver que su visión se hiciera realidad, pero al mirar atrás, sé en mi corazón que lo que soñaron que se hizo realidad.